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El lunes pasado hubo abrazos. Desde hacía tres años el salario mínimo no salía por concertación. Se fijó en 286.000 pesos cerrados. El Gobierno dice que se hizo un gran esfuerzo pero los trabajadores que viven del básico no piensan lo mismo.
¿Cómo puede usted vivir con el mínimo?, preguntó una de las administradoras de un centro comercial al celador. ¡Pues de milagro! Fue la respuesta inmediata. Y en verdad, no es una afirmación exagerada.
Casi todas las personas a las que se les hace el mismo interrogante coinciden en que viven gracias al de arriba, ya que los pocos billetes que se reciben como pago del salario mínimo parecen de caucho, pues hay que estirarlos tanto que bien puede pensarse en que es un acto sobrenatural.
Y es que con el salario mínimo (286.000 pesos para el 2001 y 30.000 de subsidio de transporte) deben vivir cuatro millones de colombianos que parecen malabaristas, que le dan tantas vueltas a las cuentas caseras que al final pasan su vida como si anduvieran por la cuerda floja.
Flor Alba Ordóñez es la 'todera' (hace de todo) en la Corporación Llanos de Colombia, una oficina en el norte de Bogotá, donde por cosas de la vida aterrizó hace seis años. Arregla las oficinas, sirve tintos, saca fotocopias, limpia la sala de juntas y hasta hace las veces de mensajera cuando toca. Siempre ha ganado el mínimo, pero no se amilana y está decidida a seguir pa'lante.
Flor Alba tiene dos hijos de 14 y 13 años, ambos en el colegio, a quienes les da 1.000 pesos diarios para las onces; entran a décimo y octavo grado el próximo año. Tendrá que pagar 136.000 pesos de matrícula y de algún lado saldrán. "Eso sí, ellos no deben trabajar porque sería terrible".
Ella hizo hasta tercero de primaria y su meta es que sus hijos sean profesionales, así tenga que asumir sacrificios indeseables.
Flor Alba hace maromas para rendir su dinero. Vive con su suegra, quien trabaja en la Central de Abastos, en un segundo piso en el Barrio La Candelaria. Entre las dos pagan 100.000 pesos de arriendo y se reparten las cuentas de los servicios. Los sábados, cada quince días, limpia apartamentos para conseguir la plata que le hace falta. Recibe 15.000 pesos por el día.
Se levanta a las cuatro y media de la mañana para dejar el desayuno listo y salir al trabajo a las 6:30 a.m. Luego de dos horas de viaje, llega a la oficina. Sus hijos hacen el almuerzo, pues como ella dice "gracias a Dios son muy juiciosos y estudiosos". Cada día paga tres buses, dos en la mañana y uno en la noche. Son 1.800 pesos, cerca de 45.000 pesos cada mes, y el subsidio el próximo año será solo de 30.000.
La prima le servirá a Flor Alba para pagar parte de las deudas y comprarles un pantalón o una camiseta a sus hijos. "El papá tendrá que darles los zapatos y de pronto algún juguete". De hecho, él les ayuda con 70.000 pesos cada mes.
Y con todos esos inconvenientes ("este año intenté llevarlos aunque fuera a un parque y no pude por falta de plata") está orgullosa porque en marzo tendrá su propia casa. Con su suegra, su mejor aliada, dieron la cuota inicial de una vivienda de interés social en Bosa, al sur de Bogotá. Con ahorros de mucho tiempo y cesantías consiguieron los seis millones de pesos que necesitaban; ahora "el problema es que cuando llegue ese día tendré que pagar como 400.000 pesos por el papeleo. Ahí veremos", dice.
¿Navidad?
Un caso similar es el de Israel Rodríguez, un empleado de Euro Casa en el Centro Comercial Andino, al norte de la capital. Trabaja con esta empresa desde hace 5 años ordenando la mercancía, ayudando a las ventas y hasta vigilando. También gana el mínimo.
Vive en el barrio San Carlos, con su esposa y dos hijas de 10 y 4 años. Paga 140.000 pesos de arriendo y cada quince días hace un mercado de grano de 40.000 pesos y otro de plaza de 15.000. La matrícula de su hija mayor será de 50.000 pesos el próximo año porque está en el colegio Distrital San Benito. Un gran alivio, no paga pensión. Sin embargo, por la menor tendrá que pagar 70.000 pesos mensuales, "porque es otro colegio y está pequeña".
Los gastos diarios los asume su esposa, que le ayuda con una venta de arepas en el barrio donde viven. Sin embargo, no les alcanza la plata y por eso siempre está debiendo en la tienda. "Hasta la prima la debo y no sé si habrá para los regalos de la Navidad. Algunas veces se beneficia de la 'vaca' que hacen en el trabajo para ayudarse entre sí.
Rebusque en todas partes
Naudin César Bedoya Roldán, de 38 años, es oriundo de Medellín. Tiene dos hijas, de 4 y 12 años. Trabaja en oficios varios en un almacén de cadena, contratado por la firma Nacional de Aseo, en la capital antioqueña.
"Yo distribuyo los 260.000 pesos o lo que me llegue en comida y en servicios. Para los demás gastos, tengo que rebuscármela trabajando en otra cosa".
Está pintando un muro del almacén y mientras hace una pausa, explica que vende chocolates importados y con eso se gana entre 300.000 y 500.000 pesos mensuales, además del mínimo.
Como padre y madre, pues dice que es soltero, Bedoya Roldán tiene sobre sus hombros toda la responsabilidad de la familia, incluida la abuela de las niñas, la encargada de cuidarlas.
El aumento para el próximo año le parece muy pequeño. Por eso todos los días piensa en otro rebusque. Trabaja entre 12 y 15 horas diarias para poder obtener el sustento aunque aparte del salario mínimo, recibe subsidio familiar y de transporte y prima.
Según sus cálculos, invierte entre 200.000 y 230.000 pesos en comida. Los servicios le cuestan unos 60.000 pesos mensuales, en su casa del barrio París, del municipio de Bello, que figura en estrato 2. No paga arriendo porque la casa es propia, pero sí unos 15.000 pesos trimestrales de impuesto predial.
En el transporte para ir al trabajo, en el barrio Belén de Medellín, se gasta mensualmente un promedio de 80.000 pesos. A las niñas, les compra ropa dos o tres veces al año pero él, ya lleva más de 24 meses sin saber que es un 'estrén', aunque no fuma ni bebe licor.
Al fiado
Aminta León, de 30 años, es la administradora del almacén Tendencias, ubicado en la zona comercial del Centro de Barranquilla, donde trabaja hace tres años, y gana el mínimo. Su jefe la considera una excelente trabajadora, y por eso le encomendó la responsabilidad de coordinar las actividades en el local.
Con su esposo, viven arrendados en una pequeña casa del barrio La Ceiba, en el suroccidente de la ciudad. Tienen tres hijos. La mayor, de 14 años, fruto de su primera unión, estudia en colegio privado, gracias a que su padre corre con los gastos. Los otros dos, ambos varones, van a un colegio oficial.
Todo el peso del hogar recae sobre Aminta, quien consigue al fiado los alimentos en la tienda. Con lo demás, hace de tripas corazón: "Mi primera quincena la destino para pagar el arriendo. Y con la quincena de cierre de mes, cubro lo demás, entre eso, la mensualidad de una nevera, que estoy pagando poco a poco".
Por trabajar en un almacén tiene la posibilidad de aprovechar descuentos especiales para los empleados, y con eso, sobrelleva la necesidad de vestimenta en su familia.
Por los servicios públicos, Aminta no se preocupa: el pago de los mismos está incluido en el arriendo. "Me cobraban 150.000 pesos mensuales, pero hablando, logré que me bajaran a 130.000 pesos", dice.
Todo un mago
Los gastos de Iván Ramírez Bonilla, de 33 años, siempre son superiores a sus ingresos. Por eso no duda en calificarse como un mago. Es impresor fotográfico en Neiva (Huila) y realiza trabajos extras tomando fotos de grados, bautizos o matrimonios, lo que le permite estirar un poco más el salario mínimo que gana.
Paga 130.000 pesos de arriendo, 60.000 en servicios, 30.000 en transporte, 10.000 pesos mensuales en la escuela donde estudia el mayor de sus dos hijos y almuerza en un restaurante cerca a su trabajo, porque el horario no le permite ir a su casa, lo que le representa entre 25.000 y 30.000 pesos más al mes.
Lo que le sobra, unos 20.000 pesos en el mínimo actual, los distribuye para la comida del mes para cuatro personas. "Aquí es donde me ayudo con los trabajos extras", dice.
Él y su familia no tienen la posibilidad de comerse un helado el fin de semana; estrenan dos mudas de ropa al año, pero de la más barata y se toma una cerveza, siempre y cuando se la ofrezcan.
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