Venezuela
Las medidas económicas
El antiajuste


Sobre los anuncios en materia económica hechos por el Presidente el pasado 12 de febrero, y a las puertas de nuevas medidas, nos exponen hoy sus divergentes pareceres al respecto el diputado presidente de la Comisión de Finanzas de la Asamblea Nacional, Rodrigo Cabezas, y el profesor del Instituto de Estudios Superiores de Administración, Antonio Francés


Las medidas de ajuste anunciadas el pasado martes de Carnaval son un intento de salvar la política económica ya establecida, no una rectificación. Recordemos que la política económica tenía como norte el control de la inflación y empleaba la sobrevaluación del bolívar como principal medio para alcanzarla.

Se puede pensar en positivo y suponer que se trataba de un simple, aunque grave, error y que se quería crear un entorno macroeconómico estable para alentar la inversión. Esto es consistente con la obsesión de los ideólogos del régimen con los equilibrios: político, económico, territorial y demás. Como resultado se abarataron las importaciones y se destruyó el empleo formal, sobre todo en manufactura y agro. También se puede pensar mal, o pensar peor, y suponer que era un intento deliberado para debilitar a la empresa nacional. La sobrevaluación favorecería la inversión extranjera, en particular la compra de empresas ya afectadas por las importaciones y el riesgo país. La destrucción del empleo formal no era preocupante para los artífices de la política económica, ya que los desempleados se suman al sector informal formado por microempresarios, los nuevos héroes sociales. De esta manera se armaba un modelo económico basado en pequeños productores apoyados y guiados por el Estado, empresas multinacionales y nuevos empresarios bolivarianos. Los llamados a una política cambiaria que defendiese la producción nacional y una política fiscal que racionalizara el gasto público tenían que caer en oídos sordos.

La merma de las reservas obligó a modificar la política cambiaria, pero se hizo de la peor manera. Entre las opciones estaban modificar las bandas o realizar una devaluación puntual, para luego seguir con el mecanismo de bandas. De esta manera se hubiese aminorado la incertidumbre. Al anunciar la flotación se la incrementa, de manera que los precios tienden a ser aumentados en exceso, y se exagera el impacto inflacionario. La práctica contable aconseja remarcar los precios ya que si se mantienen los precios anteriores los comerciantes pierden su capital de trabajo y no pueden reponer la mercancía a los nuevos precios. Esta práctica, sin embargo, es percibida como injusta por los compradores y ofrece una oportunidad de oro para ganar la simpatía de la población persiguiendo a los supuestos especuladores y bajando santamarías. La demanda de dólares está exacerbada por la incertidumbre política y no merma a pesar de la devaluación y de las altas tasas de interés, de manera que es de temer que terminemos con un control de cambios.

La devaluación le da un respiro temporal a los productores nacionales. Dado el alto nivel de capacidad ociosa en casi todas las industrias, es relativamente fácil aumentar la producción. Sin embargo, las elevadas tasas de interés encarecen el capital de trabajo y la caída del poder adquisitivo de los consumidores limitará la demanda, por lo cual no es de esperar una reactivación importante ni un incremento sustancial del empleo formal. La nueva tasa de cambio favorece el incremento de las exportaciones no tradicionales. No obstante, si tomamos en cuenta la incertidumbre tanto económica como política, no es probable que haya un repunte sustancial en la inversión privada este año. La devaluación podría traer un incremento en el número de turistas internacionales, como ha ocurrido en ocasiones anteriores, y un desvío de la demanda nacional hacia destinos internos. Lamentablemente, la turbulencia política y social, reseñada en la prensa internacional, desalentará a muchos visitantes potenciales.

Analistas cercanos al Gobierno han estimado que los nuevos impuestos anunciados pueden representar un escaso 1,4 % del producto interno bruto (PIB). En cuanto a la reducción del gasto propuesta no llegará en el mejor de los casos a 2 % del PIB. La capacidad del Gobierno para imponer la austeridad presupuestaria es bastante dudosa. Con una brecha fiscal de más del 8 % del PIB, la cuenta deberá cuadrar por la vía de la devaluación y la creación del dinero inorgánico, lo cual se traduce en inflación.

El ajuste del 12 de febrero está lejos de señalar un regreso a la sensatez económica como han celebrado algunos analistas. No pasa de ser una reacción improvisada y más bien desesperada a la caída de las reservas internacionales para tratar de salvar el pellejo del gabinete económico y del Gobierno en general. En este sentido, más que un ajuste es un antiajuste.
 

ANTONIO FRANCÉS / www.el-nacional.com  (Venezuela), Domingo 24 de febrero de 2002 

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